Venía de Algeciras, una ciudad gaditana teñida de negritud e inmigración, salió de España en 1939 y se instaló en México ajeno en el dolor de la Guerra Civil. Formó a generaciones de mexicanos, enderezó las teorías marxistas y enseñó a miles de alumnos en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Adolfo Sánchez Vázquez era un personaje singular, "otro de los nuestros" que se va, me contaba Leonor Sarmiento al teléfono, la exdirectora del Ateneo Español en la capital mexicana.
Un nieto suyo nos confirmó la noticia el viernes. Murió un hombre enamorado de la libertad y de la justicia social. Seguramente la repercusión de su muerte no será tanta en su país de origen como en el México donde dejó huella, profunda y firme.
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domingo, 10 de julio de 2011
viernes, 5 de marzo de 2010
"La noche de los tiempos" de Antonio Muñoz Molina
Una historia dentro de la Historia. Así se resume un libro más de Antonio Muñoz Molina que está enmarcado en la Guerra Civil española. Es una novela con chispazos, muchos, de historia, con detalles de los que no se escriben en los libros de texto que estudiamos pero están ahí y en muchos casos son fundamentales para comprender lo que sucedió aquellos años.
El autor nos presenta las guerras civiles como una especie de fantasmas que llegan y toman a la población por sorpresa, incapaces de creer que el temor puede instalarse de la noche a la mañana en un país y la normalidad convertirse en algo remoto. La gran conquista de la sociedad española en democracia es el Estado del bienestar pero de algún modo se puede leer en narraciones como "La noche de los tiempos" que nada es definitivo en ningún momento ni sociedad de la historia.
El protagonista, el arquitecto socialista Ignacio Abel, intuye pero no actúa ante la posible guerra que parece estar formándose. Está inquieto a lo largo de la novela, muchos personajes como el propio Juan Negrín, o Manuel Azaña, o José Bergamín, lo están. José Moreno Villa, un secundario en la Historia, es otro de los motores de esta narración, otro de los que presienten una tensión inminente que se desbordará y arrasará con la normalidad española para siempre. Es curioso cómo aquella guerra abrió una herida tan difícil de cerrar, en momentos cuando Baltasar Garzón está a las puertas de ser recusado; o cuando el Gobierno impulsa una ley de la memoria histórica que se ha quedado lejos de restañar heridas y de hacer del pasado algo más de todos los españoles.
En la Historia en mayúsculas Muñoz Molina ensarta otra, la de una infidelidad, un amor prohibido pero sincero, poco duradero, desgarrado más por los maletendidos, por la pasión desbordada, la imprudencia, la expectativa, como todos los amores y los amantes, que por los hechos. Éstos acabarán imponiéndose...
A pesar de la extraordinaria narrativa del autor, no dejó de parecerme un libro algo forzado, que pretendía contar detalles de la Guerra Civil y de otra historia juntos, pero sin que casaran como debían... De las obras del autor, una de las que me han decepcionado un poco.
El autor nos presenta las guerras civiles como una especie de fantasmas que llegan y toman a la población por sorpresa, incapaces de creer que el temor puede instalarse de la noche a la mañana en un país y la normalidad convertirse en algo remoto. La gran conquista de la sociedad española en democracia es el Estado del bienestar pero de algún modo se puede leer en narraciones como "La noche de los tiempos" que nada es definitivo en ningún momento ni sociedad de la historia.
El protagonista, el arquitecto socialista Ignacio Abel, intuye pero no actúa ante la posible guerra que parece estar formándose. Está inquieto a lo largo de la novela, muchos personajes como el propio Juan Negrín, o Manuel Azaña, o José Bergamín, lo están. José Moreno Villa, un secundario en la Historia, es otro de los motores de esta narración, otro de los que presienten una tensión inminente que se desbordará y arrasará con la normalidad española para siempre. Es curioso cómo aquella guerra abrió una herida tan difícil de cerrar, en momentos cuando Baltasar Garzón está a las puertas de ser recusado; o cuando el Gobierno impulsa una ley de la memoria histórica que se ha quedado lejos de restañar heridas y de hacer del pasado algo más de todos los españoles.
En la Historia en mayúsculas Muñoz Molina ensarta otra, la de una infidelidad, un amor prohibido pero sincero, poco duradero, desgarrado más por los maletendidos, por la pasión desbordada, la imprudencia, la expectativa, como todos los amores y los amantes, que por los hechos. Éstos acabarán imponiéndose...
A pesar de la extraordinaria narrativa del autor, no dejó de parecerme un libro algo forzado, que pretendía contar detalles de la Guerra Civil y de otra historia juntos, pero sin que casaran como debían... De las obras del autor, una de las que me han decepcionado un poco.
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sábado, 2 de enero de 2010
Sinfonía de antihéroes
Primero fueron "Los rojos de ultramar" (2004), después "La última hora del último día" (2007) y ahora "La fiesta del oso" (2009), tres historias protagonizadas por personajes derrotados con la Guerra Civil en el fondo. No es fácil perder pero sí necesario para ser un buen ganador. No hay ganador sin derrota, sin capacidad para entender que puede haber un mal día, una racha difícil, una etapa oscura en la historia de una persona o un país.
El problema es que la racha dure, se prolongue más de lo necesario o sea negada por el afectado. Ese podría ser el diagnóstico de la España actual desgastada por el debate de la memoria histórica. Soler tiene claro que hubo ganadores y perdedores y se ha quedado con los últimos. Es una manera sabia de encarar el dolor y el pasado, posiblemente la más congruente.
Las novelas no solucionan guerras ni reparan entuertos pero ayudan a entender con más amplitud la Historia, desde la perspectiva del corazón y de los sentimientos. Es la intrahistoria de Miguel de Unamuno. El libro de Soler es desolador pero a la vez conmovedor, sobre todo en su escena final, una gran fiesta mediterrána que tiene a un animal y a un hombre como víctimas. Es una novela hecha con de "desparpajo", que mira al pasado sin lecciones que dar pero reconociendo que el futuro de una sociedad depende de su capacidad para verse y reconocerse completa. Algo que no es posible aún en España, que arrumbó en un rincón a los perdedores...
Un detalle más. Carles Geli, de El País, me descubrió una faceta desconocida de Soler, su manera de escribir con música. Dice que escribe sin tomar ni hacer esquemas, lo que daría a sus libros una dimensión sonora propia.
El problema es que la racha dure, se prolongue más de lo necesario o sea negada por el afectado. Ese podría ser el diagnóstico de la España actual desgastada por el debate de la memoria histórica. Soler tiene claro que hubo ganadores y perdedores y se ha quedado con los últimos. Es una manera sabia de encarar el dolor y el pasado, posiblemente la más congruente.
Las novelas no solucionan guerras ni reparan entuertos pero ayudan a entender con más amplitud la Historia, desde la perspectiva del corazón y de los sentimientos. Es la intrahistoria de Miguel de Unamuno. El libro de Soler es desolador pero a la vez conmovedor, sobre todo en su escena final, una gran fiesta mediterrána que tiene a un animal y a un hombre como víctimas. Es una novela hecha con de "desparpajo", que mira al pasado sin lecciones que dar pero reconociendo que el futuro de una sociedad depende de su capacidad para verse y reconocerse completa. Algo que no es posible aún en España, que arrumbó en un rincón a los perdedores...
Un detalle más. Carles Geli, de El País, me descubrió una faceta desconocida de Soler, su manera de escribir con música. Dice que escribe sin tomar ni hacer esquemas, lo que daría a sus libros una dimensión sonora propia.
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sábado, 7 de noviembre de 2009
Adiós a Francisco Ayala
La primera entrevista de mi vida periodística fue a Francisco Ayala en Sevilla, para una revista de mi facultad. Corría el año 1992 y Ayala había ido a la Expo Universal de Sevilla, si mal no recuerdo. Alguien me dijo que estuviera en cierto pabellón y esperara a que saliera el escritor... Lo hice, con las desgracia de que antes estaba la comida, el compromiso que tenía Ayala y su acompañante, una mujer siesa y malcarada, quien para nada se había contagiado del humor del escritor.
Ella hacía las veces de perro de presa y filtraba los compromisos de Ayala. Comieron con sus contrapartes y yo esperé más de una hora, una espera tediosa. Finalmente salieron y la acompañante, cuando me vio, resistiendo todo ese almuerzo y la sobremesa consiguiente, no daba crédito a lo que veía. Se me acercó y dijo que no habría tiempo para hablar con Ayala. Éste se acercó a ella y preguntó por mí, que quién era y qué necesitaba. Amable, dijo que claro que sí, que habría entrevista. Y se sentó a mi lado en ese sofá donde me regaló la primera entrevista de mi vida.
Fue un diálogo amable del que no recuerdo grandes detalles. De todo lo que pasó aquel día me quedaré siempre con el recuerdo amable del escritor, ya entonces Premio Cervantes de Literatura y académico de la lengua, que no dejó colgado al novel periodista. Ese era Francisco Ayala, el hombre que se acaba de ir el 3 de noviembre a los 103 años de edad... Mi entrevistado favorito, con quien partí plaza.
Ella hacía las veces de perro de presa y filtraba los compromisos de Ayala. Comieron con sus contrapartes y yo esperé más de una hora, una espera tediosa. Finalmente salieron y la acompañante, cuando me vio, resistiendo todo ese almuerzo y la sobremesa consiguiente, no daba crédito a lo que veía. Se me acercó y dijo que no habría tiempo para hablar con Ayala. Éste se acercó a ella y preguntó por mí, que quién era y qué necesitaba. Amable, dijo que claro que sí, que habría entrevista. Y se sentó a mi lado en ese sofá donde me regaló la primera entrevista de mi vida.
Fue un diálogo amable del que no recuerdo grandes detalles. De todo lo que pasó aquel día me quedaré siempre con el recuerdo amable del escritor, ya entonces Premio Cervantes de Literatura y académico de la lengua, que no dejó colgado al novel periodista. Ese era Francisco Ayala, el hombre que se acaba de ir el 3 de noviembre a los 103 años de edad... Mi entrevistado favorito, con quien partí plaza.
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